Día 13: Bacalar, Quintana Roo 🇲🇽
- Rodolfo Anzaldua
- 13 ene
- 5 Min. de lectura
Para llegar a Bacalar el viaje comienza con el corazón. Palpitando tan rápidamente que bien pudiera confundirse con una taquicardia. Creo que es la vez que más me he
emocionado al hacer click en el “Realizar reserva”. La laguna de los siete colores esperaba.
Para llegar a Bacalar me aventuré a tomar el tren maya por primera vez, me subí en la estación de Cancún y de ahí tomé el viaje a Bacalar. Fueron alrededor de unas cuatro horas de recorrido. Pero no es la única manera de llegar a este mágico destino.

Hay lugares que se ven y lugares que se sienten. Bacalar es de los segundos. Al llegar, lo primero que te golpea no es la vista —aunque esos siete tonos de azul parecen pintados con Photoshop— sino el aire. Es de verdad abrumante, la otra vez que sentí algo parecido fue cuando estuve parada frente a las salinas rosas de las coloradas, también en la península de Yucatán.
Otras opciones para llegar:
Por Aire (La opción más rápida)
Vía Chetumal (Aeropuerto Internacional de Chetumal - CTM): Es el aeropuerto más cercano, a solo 38 km de Bacalar. Hay vuelos directos desde la Ciudad de México (AICM y AIFA) que duran unas 2 horas.
Del aeropuerto a Bacalar: Una vez que aterrices, puedes tomar un taxi (unos 30-40 minutos, aproximadamente $600 MXN) o una van colectiva que sale justo afuera por unos $120 MXN por persona.
Vía Cancún (Aeropuerto Internacional de Cancún - CUN): Es el que recibe más vuelos nacionales e internacionales, pero está a unos 350 km (unas 4 horas y media de camino). Es buena opción si planeas rentar un auto y bajar por la costa.
Vía Tulum (Aeropuerto Internacional de Tulum - TQO): Es una alternativa más reciente. Bacalar queda a unas 2 horas y media de este aeropuerto.
En Autobús (Seguro y cómodo)
La línea ADO es la principal y más confiable.
Desde Cancún: Salen casi cada hora desde la terminal del centro o del aeropuerto. El viaje dura entre 5 y 6 horas y cuesta entre $600 y $900 MXN.
Desde Playa del Carmen o Tulum: Es la misma ruta que viene de Cancún. Desde Tulum el trayecto es de unas 3 horas.
Desde Chetumal: Hay salidas constantes y el trayecto es de apenas 45 minutos.
El camino se vuelve más verde, más lento conforme te vas acercando. El calor aparece con suavidad y el aire cambia de textura. Todo invita a bajar el ritmo desde antes de llegar. La sensación fue totalmente opuesta a lo que viví al momento de reservar.
Saliendo de la estación del tren maya ya había acordado con un taxista que me habían recomendado que me recogiera ahí, no había puesto un pie fuera de la estación cuando Jorge ya me estaba abordando, ignoro cómo fue que supo que era yo con el que había hablado por teléfono, no quise pensar demasiado y decidí dejarme querer.
Así llegué a la zona de la laguna.
A diferencia de Cancún o Playa del Carmen, aquí el aire no pesa con el salitre del mar. Bacalar huele a agua dulce y a tierra mojada, a esa humedad limpia que solo emana de la selva cuando se encuentra con la laguna. Es un aroma mineral, casi primordial, que te recuerda que estás nadando en un espejo de agua que ha estado aquí desde el inicio de los tiempos.
La laguna de los siete colores
La Laguna de Bacalar es el centro de la experiencia. Azules claros, turquesas, verdes profundos. El agua parece pintada a mano. Caminar por el muelle al amanecer o al atardecer permite ver cómo la luz transforma el paisaje minuto a minuto.
Un paseo en lancha o velero revela rincones tranquilos, canales estrechos y zonas donde el silencio se vuelve protagonista.
—Aquí el agua se cuida —comenté ya sintiendo la brisa a toda velocidad impactando mi cara. Era un sentimiento relajante.
—Porque nos cuida a nosotros —respondió el capitán.

Los secretos del agua
Bacalar guarda maravillas discretas. Los estromatolitos, formaciones milenarias, viven en la laguna como testigos del origen de la vida. Se observan con respeto, sin tocarlos. Ya los había visto antes, en la laguna de Alchichica en Puebla.
El Canal de los Piratas cuenta historias de comercio, resguardo y paso. Hoy es un lugar para flotar, dejarse llevar y mirar el cielo. Ahí, el olor cambia un poco; se vuelve más intenso, más sulfuroso debido a la arcilla rica en minerales.
No pude evitarlo: terminé cubierto de pies a cabeza con ese lodo exfoliante, riendo mientras la piel se me ponía blanca bajo el sol. Es un ritual que te conecta con la historia de este lugar, que alguna vez fue el refugio de bucaneros que buscaban el preciado "palo de tinte". A este ritual se le llama “Baño maya”
El fuerte y la historia
El Fuerte de San Felipe observa la laguna desde su altura. Construido para protegerse de ataques piratas, hoy resguarda un pequeño museo y una de las mejores vistas del pueblo. Desde ahí, Bacalar se entiende como punto estratégico y refugio.

Comer junto al agua
Bacalar come fresco. Pescado del día, cocina caribeña, sabores sencillos bien ejecutados. Si pones atención puedes percibir dos tipos de olores en el ambiente. Las marquesitas, esas delicias que probamos en Mérida, también están presentes en las calles de bacalar, pero hay otro olor que cautiva y te invita a buscar la fuente del mismo, después supe que se trataba del olor al Tikin-Xic (pescado al achiote)

Algunas recomendaciones:
La Playita: ambiente relajado y vista directa a la laguna.
Nixtamal: cocina cuidada con identidad local.
Mr. Taco: informal, sabroso y perfecto para después del agua.
Enamora: ideal para desayunos tranquilos.
Dónde quedarse
El hospedaje acompaña el espíritu del lugar:
Habitas Bacalar: inmerso en la naturaleza, minimalista y sereno.
Hotel Rancho Encantado: cómodo, con acceso directo a la laguna.
Casa Bakal: relajado, social y bien ubicado.
Azul 36: opción boutique, tranquila y cuidada.
Yo me quedé en La Galuna
La Galuna: Donde el diseño abraza la selva
Si Bacalar es el "secreto que el agua no sabe guardar", La Galuna es el refugio donde el silencio se vuelve arquitectura. Es un hotel boutique de 4 estrellas que se aleja del estilo rústico tradicional para ofrecer algo que yo llamaría "chic tropical".
¿A qué sabe y huele La Galuna?
Aromas: Al entrar, lo primero que notarás es el olor a madera fresca y vegetación. El hotel está diseñado para que la brisa circule, mezclando el aroma del jardín central con la humedad limpia de Bacalar.
Sensaciones: Hay una piscina al aire libre, que es el corazón del lugar. No es una piscina cualquiera; está rodeada de un diseño minimalista en tonos tierra que te hace sentir en un oasis de paz, lejos del bullicio del centro.
Vistas: Las habitaciones tienen balcones privados. Ver el atardecer desde ahí, con una luz cálida filtrándose entre las hojas de los árboles, es el momento perfecto para sentarte con tu libreta y escribir el post del día.
Bacalar se queda en pausa
Bacalar enseña a flotar, a observar, a escuchar el agua.
No pide itinerarios apretados ni relojes atentos. Ofrece color, calma y espacio.
Antes de irme pregunté:
—¿Siempre se siente así?
—Cuando se le da tiempo, sí —me respondieron.
Me faltó tiempo.
Este fue el Día 13.
Trece destinos recorridos con los pies, la mirada y la conversación.
Mañana, seguimos.





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