Día 2: París, Francia 🇫🇷
- Rodolfo Anzaldua
- 29 dic 2025
- 4 Min. de lectura
París no te recibe: te observa.
Lleguamos de noche, cuando la ciudad baja la voz pero no apaga la luz. El camión nos dejó en el hotel, y decidimos viajar en TAXI a dónde viaja todo aquel que va a Paris por primera vez, la Torre Eiffel. El UBER avanzaba desde el IBIS Porte d’Orléans como si conociera el camino de memoria —que seguramente lo conocía— mientras yo intentaba no parecer turista, sin lograrlo demasiado (iba viendo embobado por la ventana, como perrito en paseo)
Brenda también miraba por la ventana, apoyada en el vidrio, siguiendo con los ojos las luces que se estiraban en los charcos del pavimento, había lloviznado un poco, pero afortunadamente a nosotros no nos tocó lluvia, hasta el momento llevábamos nuestro paraguas de bolsillo nuevo en nuestras mochilas.
—¿Te das cuenta de que estamos en París? —me dijo en voz baja, como si alguien pudiera escucharnos y cobrarnos extra por decirlo en voz alta.
El chofer dijo algo en francés. Asentí. Siempre asiento cuando no entiendo. Es una estrategia que me ha funcionado en varios países… hasta que no.
Llegar a París (y sobrevivir al idioma)
París se suele vivir desde el Aeropuerto Charles de Gaulle (CDG) o Orly. De ahí, tren, taxi o UBER te depositan en la ciudad como quien deja una carta sobre una mesa antigua. Al menos así me tocó la primera vez que fui en 1998, ahora llegamos vía terrestre con el tour que tomamos, con un grupo formado entre familia, amigos y desconocidos en un camión que nos llevó desde Londres, pasando por Dover y Calais hasta la ciudad Luz.
En la pantalla del celular, el UBER marcaba “Vous êtes arrivé”. Yo solo entendí “arrivé” porque suena a arribar. No se veía mucho, pero después de caminar un par de cuadras, por fín vimos la silueta en las alturas, ahí estaba esa bella dama de hierro
La Torre Eiffel.

Primer encuentro nocturno: la Torre y el Sena
La torre no impresiona: aplasta.
Descendimos por las escalinatas hacia el río Sena, donde el murmullo del agua se mezcla con pasos, risas y motores lejanos.
Un hombre con gorra y bufanda vendía boletos para el crucero nocturno. No le hicimos mucho caso y continuamos nuestro descenso. Ahí justo en la orilla del rio había una caseta en dónde se vendían los boletos para el crucero en el Sena en 20 euros.
—Bonsoir… —dijo.
—Good evening —respondí, apostándole al comodín universal.
Nos entendimos con señas, sonrisas y un billete doblado. Así compramos los boletos.
El crucero por el Sena es París explicándose a sí mismo. Los puentes pasan lentos, los edificios se reflejan en el agua y la ciudad parece contar su historia sin pedir traducción. Vimos el Louvre, Notre Dame entre muchos otros lugares que no recordaba de mi primera visita y otros cuantos que eran totalmente novedosos y que sólo había visto en libros de texto.
Brenda me apretó la mano cuando la Torre volvió a aparecer, iluminada, reflejada, duplicada.
—Esto no se olvida —me dijo.
No se olvidó.
París de día: recorrerla con los pies
Otro día, otro ritmo.
Empezamos con un tour guiado. La guía nos iba explicando los lugares por los que pasábamos y no perdía la oportundad para quejarse del tráfico parisino y de comparar a París con su natal Madrid pero la verdad, París se entiende más caminándola.
Después del tour, seguimos por nuestra cuenta desde el Museo del Perfume. El aroma del lugar se quedaba pegado a la ropa, como si la ciudad decidiera marcarte.
De pastelerías, cafés y escaparates
Caminamos sin rumbo fijo. Ese es el verdadero plan en París.
Pasamos por pastelerías donde los macarons parecían piezas de joyería. Por cafeterías con mesas diminutas y conversaciones eternas, y en dónde el olor a café nos llevaba a otro plano. Pasamos por tiendas tan bonitas que daban miedo entrar y romper algo solo con la mirada.
Montmartre y el Sagrado Corazón

El camino terminó —o empezó— en Montmartre.
Subir hacia la Catedral del Sagrado Corazón es entender por qué los artistas se quedaron ahí. Las calles se inclinan, los edificios se acercan y la ciudad queda abajo, extendida.
Un pintor callejero nos ofreció un retrato.
—Très beau couple —dijo.
Esa frase sí la entendí.
Desde las escalinatas, París parecía una promesa cumplida.
Lugares que se quedan contigo
Torre Eiffel, de día y de noche (son dos ciudades distintas).
Crucero por el Sena, especialmente al anochecer.
Museo del Perfume, para llevarte París en la memoria… y en la ropa.
Montmartre, para perderte sin culpa.
Sagrado Corazón, para mirar la ciudad con distancia.
Comer rico y distinto en París
🥐 Pastelerías de barrio: no busques la famosa, busca la cercana.
☕ Cafés pequeños: pide lo básico, siéntate y observa.
🍷 Bistrós tradicionales: menús cortos, sabores honestos.
🧀 Mercados locales: queso, pan y vino saben mejor de pie.
París no exige que la entiendas
Casi olvidaba esta anécdota, ese primer día al llegar a la Tour Eiffel (Sí ya sé decir torre en francés) , en una cafetería llamada Brasserie de la Tour Eiffel, el mesero nos habló en francés.
—Sorry… Spanish? English? —pregunté.
Sonrió.
—Paris —dijo— speaks with the heart.
París no necesita traducción perfecta. Se vive con pasos lentos, miradas largas y manos entrelazadas.
El mesero también nos dió tres moneditas de metal, luego descubrimos que eran tokens para usar el baño!!!
Este fue el Día 2.
Y si San Miguel susurró, París… simplemente se quedó.





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