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Día 4: Roma, Italia

Sobreviviendo a Roma caminándola.

Aquella vez que fui a roma fue después de un viaje de unas siete horas en camión desde Venezia, cuando por fin habíamos llegado al hotel ya era de noche. Nos quedamos en el Green Park Hotel, cuatro estrellas que bien en otro tiempo pudieron haber sido cinco. Las habitaciones a diferencia del resto de los hoteles de aquel Eurotrip eran bastante grandes y cómodas.


El primer consejo tengo que escribirlo aquí, justo antes que salgas para el primer monumento: zapatos cómodos. No es una sugerencia, era una advertencia. Brenda y yo lo entendimos a los diez minutos, cuando el empedrado empezó a hablarnos directo a las plantas de los pies, yo lo aprendí por la experiencia, Brenda por mis continuas quejas sobre lo molido que quedé ese día.



Cómo moverse en Roma (sin perder la paciencia)

Roma es antigua incluso para el tráfico.

Usamos de todo: metro, UBER cuando el cansancio ganaba, y monopatines eléctricos cuando la ciudad se abría y el camino lo permitía.

Un chico que rentaba monopatines nos explicó en inglés atropellado:

—Fast, easy, but watch the stones.

Las piedras ganaron varias veces.


El metro es práctico y directo. No es bonito, pero cumple. Roma no está debajo de la tierra; está encima. Tengo que decirles que el metro en Roma no es igual a lo que hay en Londres o París, aquí se cobra por tiempo, se puede comprar un boleto por minutos o bien por días. Dependiendo el uso que se le quiera dar.


Caminar, comer, repetir

En Roma se camina para llegar… y se camina para volver a comer.

Pasta al mediodía. Pasta en la tarde. Pasta porque sí.

En una trattoria pequeña, la chica detrás de la caja registradora, —mirada seria, sonrisa amable— nos recomendó:

—Carbonara. Always carbonara.

Mentiría si les dijera que recuerdo que pasta pedí, pero lo cierto es que la que más recuerdo fue en el restaurante Pasta&go, dónde se puede comer pasta para llevar o bien comerla en el establecimiento, con precios muy económicos que van desde 1 Euro.


Y luego de poste, el gelato. De pistache, de limón, de lo que se atravesara. Comer gelato en Roma es una pausa obligatoria, como respirar.


¿Y qué decir de la Pizza? Disfrutamos de unas pizzas bastante ricas en un lugar llamado 6zero1, comimos ahí no por recomendación sino por conveniencia ya que quedaba a poco metros del hotel. Yo si se las puedo recomendar.


Fontana di Trevi, temprano

Cuando la ruta nos aventó por casualidad a la Fontana de Trevi, no fue como lo habíamos planeado. Brenda y yo queríamos visitarla temprano para evitar multitudes y poder sacar fotografías sin gente, pero el destino quiso otra cosa, lo cierto es que para disfrutar ahí, si hay que hacerlo muy temprano. Cuando Roma aún bosteza.


La Fontana di Trevi sin multitudes es otra cosa. El agua suena distinto, la piedra respira, las estatuas hasta parecen posar para tus fotografías


Brenda lanzó la moneda con cuidado, tirándola por encima de su hombro

—Si cayó —dijo emocionada.

Yo pedí que no se me olvidara ese momento mientras lanzaba mi moneda. No vi donde cayó, pero luego vi a una persona que se quejaba de un golpe en el ojo, espero que no haya sido mi moneda.


Coliseo y Panteón: el peso de la historia

El Coliseo no es sólo para tomarse la foto por fuera. Hay que disfrutarlo.

Caminar alrededor es entender que la historia no es un concepto abstracto, es concreto, enorme, circular. Es imponente.


El Panteón, en cambio, es silencio.

Entrar ahí es levantar la vista y sentir cómo el tiempo se acomoda. El óculo deja pasar la luz como si alguien la regulara con cuidado. Cuando pasamos por este lugar estaba abarrotado. Muchos turistas que no dejaban sacar una buena foto del lugar.


Un señor mayor, sentado cerca, murmuró:

—Sempre aperto.

Siempre abierto. Como la historia.


El Vaticano: avanzar como toro en redilas

El Museo del Vaticano es una coreografía involuntaria. Avanzas porque avanzan. Caminas porque no hay otra opción.


—Esto parece encierro —le dije a Brenda.

—No corras —respondió—, que igual no llegamos antes.


Y de pronto, la Capilla Sixtina.

Cinco minutos.

Cinco minutos para mirar el techo, buscar a Dios, encontrar a Adán y recordar que el silencio también puede ser impuesto.


—No photos —repetían.


No dejaban sacar el teléfono para nada y al más ligero gesto por llegar a él, un guardia de seguridad siempre estaba atento para impedirlo.


Basílica de San Pedro

Entrar a la Basílica de San Pedro es perder la escala humana.

Los techos no están altos: están lejos. Inalcanzables. Cómo para que la religión católica le recordara a su grey lo pequeños que somos.


Alguien nos dijo que las letras en la parte superior miden dos metros de alto.


Miré a Brenda. Estaba maravillada, hermosa, No podía dejar de levantar el cuello para ver todo lo que hay hacia arriba. Entrar a este lugar es algo necesario, como respirar, no importa la religión que profeses.


El café, siempre el café

En Italia, el café no es como en México, es costumbre.

Un euro. De pie. Rápido.


—Un espresso —dije.


El barista respondió con un gesto mínimo y una taza perfecta.

Tomarlo ahí, sin mesa, sin prisa, es entender el ritmo real de Roma.

Además de eso lo tomé en cada lugar que se me permitía. Actualmente hay en toda Italia millones (quiero creer que no estoy exagerando) de máquinas expendedoras de café y a cambio de una moneda de Euro te hacen feliz hasta que encuentres la siguiente máquina.


Roma no se acaba

Al final del día, sentados en una silla del Lobby del hotel, Brenda me dijo:

—Mañana no sentiré los pies —.

—Pero sí la ciudad, a eso vinimos, a cansarnos —respondí mientras movía lo que quedaba de mis pies después de haber caminado Roma

Roma cansa. Roma abruma. Roma se queda.

Este fue el Día 4.

San Miguel susurró. París se quedó. Tequila habló claro. Roma… pesó.

Y mañana, seguimos caminando.

 
 
 

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