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Día 5: Guanajuato, Guanajuato 🇲🇽

Guanajuato aparece de golpe.


Una curva más en la carretera y la ciudad se abre como un cajón de colores: casas apiladas, callejones que se cruzan, cúpulas que sobresalen sin pedir permiso. Aquí nada está en línea recta y, sin embargo, todo parece tener sentido. Si uno lo ve sin analizar parecera que se trata de un mosaico, o posiblemente de un vitral de un viejo rosetón de iglesia.


La primera vez llegué con esa sensación de estar entrando a un lugar que se vive mejor caminando… y perdiéndose. La segunda ocasión de igual manera los colores me sorprendieron y la mágia me envolvió incluso antes de llegar. Y también la quise disfrutar caminando.


Cómo llegar a Guanajuato

✈️ Vía Aeropuerto Internacional de Silao (BJX)

El Aeropuerto Internacional del Bajío, en Silao, es la puerta más práctica.

Desde ahí, Guanajuato capital está a unos 30–40 minutos en auto o transporte privado. El camino es corto y amable.

🚗 Por carretera desde la Ciudad de México

Salir temprano vuelve a ser buena idea. Toma la autopista México–Querétaro (57D) y continúa hacia Celaya / Salamanca hasta conectar con la carretera rumbo a Guanajuato.

⏱️ Tiempo estimado: 4.5 a 5 horas, dependiendo del tráfico.


Cuando la carretera empieza a cerrarse y los cerros se acercan, ya estás ahí. En mí última visita tuve que hacer una parada en una gasolinera a escasos kilómetros de la ciudad. El dependiente después de despacharme y de cobrarme me dijo:


—La ciudad está escondida —dijo—. Siempre lo ha estado. Lo mencionó mientras buscaba un billete de 200 para darme mi cambio, así, sin voltearme a ver, pero con la convicción de que entendería la referencia, sin saber si yo ya había estado ahí o no. A final de cuentas, José, como se llamaba el sujeto, tenía razón.


Una ciudad universitaria

Guanajuato se siente joven, pero también se siente vieja, los edificios parecieran ser testigos de innumerables pasajes de cientos de miles de historias de los locales. Si tan sólo pudieran susurrar.


La Universidad de Guanajuato no solo está en la ciudad: la atraviesa. Sus escalinatas blancas, sus edificios y sus estudiantes le dan ritmo al día, es lo que da juventud a esta pequeña gran ciudad.


Un grupo de jóvenes ensayaba música cerca del edificio central. Nadie parecía tener prisa.

—Aquí se estudia… pero también se vive —me dijo uno de ellos sin dejar de afinar su guitarra, después de acercarme a preguntarle que en dónde iban a tocar, resultó que el chaval vivía de tocar rondallas.


Plazas, calles y túneles

Las plazas funcionan como salas de estar públicas. La gente se sienta, conversa, observa. Cómo si fueran testigos inamovibles de todo lo que ha pasado y de lo que va a pasar. Se alcanzan a ver entre los jóvenes varias parejas de adultos mayores, se identifican de inmediato por el cabello cano y las caras ya arrugadas, muchos de ellos sin pinta de ser mexicanos. Canadienses, alemanes o gringos, no pensé que hubera más opciones.


La Plaza de la Paz, el Jardín de la Unión, la Plaza de San Fernando: cada una con su propio pulso, y para conocerlas hay que vivirlas, comprar un helado en Villanova, de fresa para mi. Sentarse y disfrutar de ver el caminar de la gente, las parejas de jóvenes enamorados, las parejas de sexagenarios igual de enamorados, como si fuera la primera vez que pasan por ahi.


Y luego están los túneles.


Los túneles no son un atractivo añadido: son parte de su sistema nervioso. Me imaginé una de esas ilustraciones del cuerpo humano en dónde se ven los nervios brillantes como árbol ramificado, así veía estos túneles. Antiguamente, estos pasajes eran cauces de río que protegían a la ciudad de inundaciones. Hoy, conducen autos, taxis y conversaciones a media voz por debajo de las casas, las plazas y la vida cotidiana.


Entrar a un túnel es cambiar de época sin previo aviso. La luz se vuelve amarilla, el eco alarga los sonidos y el GPS duda. Arriba, la ciudad canta; abajo, resuena.


Un taxista me lo explicó mientras descendíamos:

—Guanajuato se entiende mejor desde abajo —dijo—. Así te das cuenta de todo lo que sostiene.


Y tenía razón. Porque mientras arriba los callejones se enredan y las escalinatas se multiplican, abajo los túneles ordenan el caos. Conectan puntos imposibles, acortan distancias y recuerdan que esta ciudad aprendió a adaptarse, no a imponerse. Pero hay que conocer bien la ciudad para saber a dónde ir, porque una mala decisión puede traerte muchos minutos de retraso en tus actividades.


Circular por esto túneles no es solo moverse: es atravesar capas de historia.


Sabores que explican la ciudad

En Guanajuato se come con contundencia.

Las enchiladas mineras llegan calientes, generosas, pensadas para quien ha caminado mucho.

Pero las verdaderas protagonistas aparecen en una esquina cualquiera: las guacamayas.

Pan crujiente, chicharrón, pico de gallo y salsa brava.

Una señora que atendía el puesto me preguntó:

—¿Con miedo o sin miedo?

—Con respeto —respondí.

Asintió al tiempo de me cerraba su ojo derecho. Era la respuesta correcta.


Las Momias

El Museo de las Momias no se parece a ningún otro.

No es morboso. Es frontal.

Las momias están ahí, inmóviles, recordándote que el tiempo no negocia. Salí en silencio, como se sale de los lugares que dejan huella, afuera, me comí otra Guacamaya y me bebí una Rusa. No podía tener una mejor combinación.


Qué más hacer en Guanajuato

  • Caminar por los callejones, especialmente el Callejón del Beso.

  • Entrar al Teatro Juárez y mirar su interior sin prisa.

  • Visitar el Museo Diego Rivera, para entender de dónde salió su mirada.

  • Subir a un mirador al atardecer y ver cómo la ciudad cambia de tono.


Dónde comer bien

  • 🍽️ Casa Valadez: cocina mexicana bien ejecutada, vista al Jardín de la Unión.

  • 🥘 Los Campos: sabores tradicionales, sin prisas.

  • 🌮 Puestos del centro: porque ahí está lo auténtico.

  • Cafés de callejón: pequeños, silenciosos, perfectos para observar.


Guanajuato se queda

Al final del día, sentado en una plaza, escuché una estudiantina afinar instrumentos.

La ciudad empezaba a cantar. Las rondallas estaban por comenzar y yo las quería disfrutar.


Este fue el Día 5.

San Miguel susurró. París se quedó. Tequila habló claro. Roma pesó. Guanajuato… resonó.

Mañana, seguimos.

 
 
 

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