Día 6: Nueva York, Estados Unidos 🇺🇸
- Rodolfo Anzaldua
- 5 ene
- 5 Min. de lectura
Para platicar de Nueva York haremos un viaje en el tiempo, un viaje a 2000 cuando tuve la oportunidad de estar la primera vez en la Gran Manzana. Fue posiblemente uno de los últimos viajes que hice con mis papás y con mi hermano, todos juntos en familia. Después de eso mi hermano se mudó a Monterrey y yo salí de casa en 2005. Por eso tengo este viaje marcado.
El frío te congela apenas sales de aeropuerto, y en las mañanas si no tienes un buen hotel climatizado, el frío te despierta antes que el café. El vapor sale de las coladeras como si la ciudad fuera adicta al tabaco y la gente camina rápido, envuelta en abrigos, bufandas y rutinas que no esperan a nadie. A mí, ese frío me gustó. Me recordó que estaba lejos de casa… y exactamente donde quería estar, con mi familia.
El invierno como escenario

Diciembre le queda bien a Nueva York. Las nevadas no son un estorbo, son parte del espectáculo. O al menos así lo vemos los turistas, para los neoyorkinos son todo un dolor de cabeza, y de hombros, piernas y brazos si es que te toca palear la nieve. Todo se vuelve más lento, más silencioso, más fotogénico. Las esquinas crujen bajo las botas y el cielo parece más bajo. Apenas hace unos días, poco antes de escribir estas líneas, ví en las noticias que Nueva york estaba cubierta bajo cuatro pulgadas de nieve, para los que pasaron de noche matemáticas eso es más o menos unos diez centímetros. No era nada comparado contra lo que nos esperaba.
En diciembre de 2000 nos quedamos en un hotel que no podría tener mejor ubicación, casi en la esquina de la 42 con la quinta avenida, hoy no recuerdo bien el nombre del hotel. Solo recuerdo que era enorme que tenía decenas de pisos y que llegar después de estar en el frío congelador era un total alivio.
Mi hermano y yo ya estábamos grandes, veinte años él, yo ya había llegado a los 22. Por lo mismo mis papás que todavía estaban a cargo del viaje reservaron dos habitaciones, Dios mío, ahora que me dedico a planear viajes me doy cuenta de lo mucho que debió de haber pagado mi viejo. Al día siguiente de que llegamos en la madrugada la puerta comenzó a sonar con golpes intensos y bastante desesperados, abrí la puerta (siempre yo, mi hermano dormía como piedra) y estaba mi papá, eran cerca de las 3am,
—Asómense por la ventana — dijo emocionado. Está nevando.
Me apresuré a la ventana asegurándome de pasar encima de mi hermano, no sólo para despertarlo, sino para molestarlo, la misión fue cumplida a cabalidad. Se despertó y le dije que se asomara. Ahí estábamos, mi hermano y yo, a las tres de la mañana asomados por la ventana viendo como pequeños copos de nieve caían lentamente, como acercándose a nuestra ventana a presentarse uno por uno, hasta que después de varios segundos llegaban a la calle que estaba unos 43 pisos abajo.
Al día siguiente, no había más que asombrarse en cuanto salimos del hotel. Enfundados en ropa que no era la adecuada para la nevada salimos los cuatro y el panorama era blanco. La calle estaba cubierta de nieve misma que seguía cayendo y acumulándose por todos lados, estábamos maravillados.
Un señor dominicano que vendía café en un vaso de unicel me dijo:
—Aquí el frío se aguanta caminando mi sangre. Esta es la peor nevada en treinta años.
Tenía razón. La nieve nos llegaba a las rodillas.
¿Qué como supe que era dominicano? bueno, mi hermano me preguntó lo mismo cuando le dije la nacionalidad del sujeto, le contesté que se le veía en la piel y en el tono de voz, a la fecha creo que se creyó mi psedoanálisis, la verdad es que tenía varias banderas de RD en su carrito de café.
Pretzels y conversaciones breves

Los pretzels callejeros son una apuesta, al igual que los hotdogs.
Algunos están perfectos: calientes, suaves, con la sal justa. Otros… cumplen.
Le compré uno a un vendedor con gorro de lana y acento del Bronx.
—Good? —pregunté.
—Depends how hungry you are —respondió.
Lo comí caminando. Como debe ser. No me convenció ni uno ni el otro.
Central Park en invierno
Entrar a Central Park con frío es entrar a otro ritmo.
Los árboles desnudos, los caminos blancos, los corredores que no negocian con el clima. Todo se ve más honesto. Y es más, si te descuidas pierdes la dimensión de la profundidad al ver todo cubierto de blanco.
Ahí mismo, en el Central Park está Tavern on the Green.

Entrar a ese restaurante en invierno es como refugiarse en una película. Madera, luz cálida, platos reconfortantes. Afuera el frío; adentro, la pausa.
—This place never gets old —me dijo una mujer sentada en la mesa de al lado mientras comíamos.
Tenía razón. Era hermoso ese lugar, lástima que cerró por ahi del año 2009, pero es tan emblemático que años después lo volvieron a abrir. Hoy continúa abierto. Vale cada centavo ir a comer ahí.
Y si resulta que eres fanático de la música como yo, no puedes dejar pasar la oportunidad de pasear por la parte del parque que está frente al edificio Dakota, en donde vivía John Lennon y dónde Mark David Chapman le quitó la vida, cuando todavía no terminaba el “Guardían entre el Centeno”
El Bronx y los Yankees

Ir a un partido de los New York Yankees no es solo ver béisbol. Es participar en un ritual.
El Yankee Stadium huele a hot dogs, a papas fritas y a nostalgia deportiva. La comida no es fina, pero es correcta. Está pensada para comerse mirando al campo.
Un señor con gorra azul, sentado detrás de mí, gritaba cada jugada.
—You gotta feel it! —gritó después de un home run del equipo local.
Lo sentí. Obviamente no en esa visita, sino más adelante, cuando pasaron varios años, Yo solo sentado en las butacas del viejo Yankee Stadium. Disfrutando de ese juego de pelota. Los Yankees ganaron, así como lo han hecho tantas veces en toda su historia.
Si vas en invierno, te toca ir a ver a los Gigantes de NY o a los Jets de la NFL, también es una deleite ir a presenciar un partido de esos.
Union Square y SoHo
Union Square es movimiento constante. Artistas callejeros, puestos temporales, conversaciones en todos los idiomas.
Escuché español, inglés, portugués. Nueva York es una torre de Babel. Es precismente ahí a donde llegaban todos los migrantes europeos que formaron los Estados Unidos. A Staten Island, por cierto, se puede tomar un tour para ir a visitar ese lugar.
En SoHo, todo cambia. Las tiendas son limpias, las fachadas de hierro colado miran desde arriba y todo parece diseñado para ser observado.

Un chico mexicano que trabajaba en una tienda me dijo:
—Aquí todos venimos a buscar algo.
No pregunté qué, pero lo supuse.
Broadway: la ciudad se sienta a escuchar
Ver una obra de Broadway es aceptar que Nueva York también sabe callarse.
Las luces se apagan, el murmullo desaparece y, por un par de horas, la ciudad deja de correr.
Aplausos largos. De esos que no se planean.
Salí al frío otra vez, con la sensación de haber visto algo que solo pasa ahí. Si estás en NY, ve a las casetas de Tickets Tickets, ahi venden boletos baratos de las obras de Broadway, esos lugares que los locales no ocuparon y que esperan una buena oferta para ser adquiridos por un turista como yo, como tú.
Nueva York no espera
Al final del día, caminando entre edificios iluminados, entendí algo:
Nueva York no se puede conocer en un par de días, Se necesitan unos siete al menos. Yo recomendaría eso. Porque si aguantas el frío, si caminas, si miras, la ciudad responde. Y te invita a quedarte.
Este fue el Día 6.
San Miguel susurró.París se quedó.Tequila habló claro.Roma pesó.Guanajuato resonó.Nueva York… se movió.
Mañana, seguimos.





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