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Día 7: Valle de Bravo, Estado de México 🇲🇽

Salir de la Ciudad de México rumbo a Valle es ir dejando capas atrás. El concreto se vuelve curva, el ruido se transforma en conversación baja y, poco a poco, el verde empieza a ganar terreno. Los árboles se cierran sobre la carretera como si alguien hubiera decidido bajar el volumen del mundo. El ambiente incluso se siente más íntimo, más cadente, más interesante.

El viaje por carretera es parte del plan. Las montañas se levantan sin prisa y el aire cambia. Se vuelve más fresco, más limpio, más lento.

—Ya se siente distinto —dije sin darme cuenta. A menudo cuando voy manejando me descubro susrrando al viento, no con mi compañeros de viaje, sino son susurros para mi. Ahí es dónde me doy cuenta de que Valle ya estaba haciendo su trabajo.


Llegar a Valle (y empezar a bajar el ritmo)

Desde la Ciudad de México, el trayecto toma alrededor de 2.5 a 3 horas en auto. La carretera es sinuosa, pero noble. Conviene salir temprano (cómo siempre), no por el tráfico, sino para llegar con luz.

En una parada breve, un señor que despachaba gasolina me dijo:

—Aquí el chiste es no llegar cansado… sino llegar dispuesto.


La presa: el corazón de Valle

La Presa Miguel Alemán no está ahí para adornar. Marca el pulso del pueblo.

Desde cualquier punto alto, el agua aparece como un espejo enorme, quieto, reflejando nubes que parecen quedarse a vivir ahí. Caminar junto a la presa temprano, cuando el vapor se levanta apenas, es entender por qué muchos vienen a Valle a respirar. Despertarte temprano y ver cómo el lago comienza a cobrar vida poco a poco es un espectáculo mágico. Conforme pasan los minutos, cada vez hay más gente en la calle, se ven las camionetas de lujo (Si, hay mucha gente de dinero que vacaciona aquí) y más aventureros que llegan a orillas del lago.

Porque así es, el agua invita.

Kayaks que avanzan despacio, lanchas que cortan el reflejo, tablas que esperan equilibrio. Aquí las actividades acuáticas no son espectáculo: son rutina.

Un joven que rentaba kayaks me dijo:

—Venir a valle y no entrar al lago es como no haber venido.

Esa ocasión entré al lago, según yo a esquiar. Lo que logré es una lesión en la espalda que hoy, años después aún me duele a veces.


Comer con calma

En Valle se come bien porque se come sin prisa.

Desayunar mirando al lago cambia el sabor del café. Los panes llegan tibios, los huevos saben a mañana y el tiempo deja de importar.

Entre truchas, sopas reconfortantes, tortillas recién hechas y postres sencillos, la comida aquí acompaña al paisaje.


Dónde comer

  • 🍽️ Dipao: cocina cuidada, vista que se queda.

  • 🥘 Los Pericos: tradición, platos honestos.

  • Cafés del centro: para sentarse a mirar cómo pasa la gente.


El pueblo y sus calles

Valle de Bravo se camina sin mapa. De verdad, cuando no conoces perderte entre sus calles es una auténtica aventura, así descubres nuevos lugares para comer, tiendas de artesanías, entre muchas otras cosas y lugares.

Las calles empedradas, las casas blancas con tejas rojas, las plazas pequeñas donde siempre hay alguien sentado. No hay urgencia. No hay ruido innecesario.

El clima ayuda: fresco casi todo el año, con mañanas que invitan a suéter y tardes que permiten sol.

Aquí el día se parte en dos: antes y después del lago.


Avándaro y los alrededores

Avándaro está cerca, pero se siente distinto y definitivamente hay que vivirlo.

Más abierto, más boscoso, más juvenil. Es el lugar de los fines de semana largos, de las caminatas entre pinos, de los restaurantes escondidos y las terrazas que miran hacia arriba.

Un mesero en Avándaro me dijo:

—Aquí la gente viene a quedarse… aunque diga que solo es el fin.

Tenía razón.

Por cierto, en Avándaro disfruté de las hamburguessas más ricas que he comido en mi vida, el lugar se llama Soul, y creo que ya es un emblema del pueblo que cobró fama por el festival que se celebró ahí hace ya varias décadas, nuestros Woodstock mexicano.

Además de Avándaro, los alrededores ofrecen cascadas, senderos y miradores donde el silencio pesa bonito.


Valle se vive

Al caer la tarde, el lago cambia de color. El viento baja, las luces se reflejan y el pueblo parece acomodarse para la noche. Es el momento de regresar a casa y prepararte para salir a disfrutar de la vida noctura, o encerrarte en tu cabaña con vista al lago, servirte un café o por qué no, un tequila mientras disfrutas de un buen libro, tapado con una cobija disfrutando del calorcito que da la chimenea encendida.

Valle de Bravo no grita descanso. Lo practica.

Este fue el Día 7.

San Miguel susurró. París se quedó. Tequila habló claro. Roma pesó. Guanajuato resonó. Nueva York se movió. Valle de Bravo… respiró.

Mañana, seguimos.

 
 
 

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