Día 8: Londres, Inglaterra 🇬🇧
- Rodolfo Anzaldua
- 8 ene
- 4 Min. de lectura
El cielo estaba nublado, como casi siempre, pero no gris. Era ese tono que hace que la piedra antigua se vea más antigua y las banderas parezcan más serias. El clima no incomoda; marca carácter. Aprendes rápido que aquí el abrigo no es opción, es idioma.
—Welcome to London —me dijo un guardia al pasar—. Keep walking. Pero el que no pudo pasar fue mi cuñado.
Londres nos recibió como no lo esperábamos, detenidos por migración.
Cuando bajamos del avión un perro Beagle, si mis dotes de apreciación canina no me fallan, se sentó cuando mi cuñado pasó junto a él, y ese fue el principio de la historia. Tuvimos que ir él y yo junto a un guardia de migración, una chica joven y con semblante carismático, pero muy firme y seria en sus actitudes. Luego se sumó uno más y luego otro, al final eran cuatro oficiales escoltándonos a mi cuñado y a mí. Tuvimos algunos pros en el evento, no nos tuvimos que formar en migración, nos pasaron directamente por una línea que quiero creer que era utilizada únicamente para estos propósitos, que los detenidos pasaran más rápido, después de que un quinto oficial nos interrogara sobre el propósito de nuestro viaje a Reino Unido nos llevaron por nuestras maletas y de ahí a la inspección. Para no abundar tanto en esto, resultó que el perro se sentó porque olfateó las botas de piel de mi cuñada, así que recomendación, no lleven piel que huela mucho a su viaje a Europa.
Majestad a paso firme
Londres impresiona como fando gritos de grandeza. Sus construcciones son imponentes, majestuosas como los reyes que todavía viven en esa ciudad. Pasamos la primera noche en un hotel en el poblado de Harlow, a una hora en tren de Londres, el hospedaje es más económico en ese lugar.

Al día siguiente el primer tour, cuando el camión se detuvo en Piccadilly lo primero con lo que me topé fue el Hard Rock Café, el primero de la historia, ese que se ha mantenido erguido en ese vecindario desde 1971. Me metí de inmediato y Brenda me siguió caminamos por la tienda (el restaurante todavía no abría, era muy temprano) nos sacamos fotos, compramos un par de cosas y cuando salimos, nuestro grupo ya no estaba ahí.


En Picadilly hay pantallas, edificios, gente que camina como si siempre supiera a dónde va. Todo se siente coreografiado, incluso el caos. Pero no había peor caos que el haber perdido al tour con el que estábamos. No se separen del grupo en el tour, puede salir caro.
De ahí el trazo conduce a Buckingham Palace. Fue lo que hicimos y ahí encontramos a nuestro grupo. El palacio es enorme, simétrico, distante. El tipo de lugar que se mira más de lo que se toca.
El cambio de guardia tiene fama… y paciencia limitada.
Si no llegas temprano y no te colocas justo frente a las rejas, no ves nada. Solo cabezas, teléfonos levantados y una certeza compartida: esto está un poco sobrevalorado.
La policía camina entre la gente.
—Backpacks to the front —repiten. Las mochilas al frente. Hay mucho carterista.
Obedeces. Londres cuida lo suyo y a los que lo visitan.
St. James’s Park: la pausa necesaria
A unos pasos, St. James’s Park cambia el tono.
El verde es real, los patos caminan sin prisa y la ciudad baja un cambio. Caminé despacio, respirando, viendo cómo el palacio se refleja en el agua como si no tuviera nada que demostrar. Aquí nos encontramos unos sanitarios, bondades del primer mundo, para usarlos tienes que llevar tarjeta de crédito o débito, pero no cualquier tarjeta, una que tenga contactless. Me quedé con las ganas de utilizarlos.

Westminster y el tiempo exacto
La Abadía de Westminster es imposible de dejar de ver, pensar que ahí fue donde se casó la Princesa Diana, cuanta historia frente a tus ojos.
Es solemne, pesada, exacta. Cada muro parece haber visto demasiadas cosas como para sorprenderse por nuestra visita.
Y entonces aparece él: Big Ben.

No es solo una torre. Es una referencia. Un punto fijo. El recordatorio de que el tiempo, aquí, siempre ha sido asunto serio.

💡 Si vas a tomar fotos, hazlo desde la esquina de Great George St. con Parliament St.. Ahí la torre se alinea perfecta, completa, sin estorbos. Es el ángulo. ¡Si tienes paciencia puedes tomar la foto de la torre, con una cabina telefónica de esas rojas, de esas históricas, con un camión de dos pisos pasando frente a ti!

El Támesis como guía
Decidimos seguir el río.
Caminar junto al Támesis es entender Londres en secuencia: puentes, edificios, historia acomodada en capas. Justo cuando comenzamos el recorrido estaba el London Eye, no nos subimos en esta oportunidad. Continuamos la caminata.
El paso se vuelve constante. Los kilómetros se acumulan sin aviso.
Llegar a la Catedral de St. Paul a pie se siente como un logro. Blanca, redonda, dominante. St. Paul se levanta al final del camino como una recompensa silenciosa.
Me senté unos minutos. Los pies también merecen historia. Brenda hizo lo mismo, mientras contemplábamos una hermosa Catedral por dentro.
Borough Market: comer de verdad
Después de tanto andar, Borough Market aparece como promesa cumplida.
Olores, puestos, voces. Aquí se come bien sin ceremonia. Pan crujiente, platos calientes, sabores directos.
Un cocinero me entregó el plato y dijo:
—This will fix you.
Tenía razón.Si que me arregló y además de todo a un gran precio.

Torre de Londres y puentes que pesan
La Torre de Londres impone sin moverse. Es historia densa, sin adornos. Dentro de ella reposan las joyas de la corona británica.
Y luego el London Bridge. Menos romántico de lo que uno imagina, pero firme. Funcional. Honesto. Un gran compañero para aparecer en las fotos.

21 kilómetros después
Al final del día, revisé el reloj.
Más de 21 kilómetros caminados. En un solo día.
Londres se dejó recorrer. No completo —eso no pasa—, pero sí suficiente para sentirla en las piernas.
Este fue el Día 8.
San Miguel susurró. París se quedó. Tequila habló claro. Roma pesó. Guanajuato resonó. Nueva York se movió. Valle de Bravo respiró. Londres… se sostuvo.
Mañana, seguimos.





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