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Día 9: Mérida, Yucatán 🇲🇽

Mérida es luz desde temprano.


El sol aparece con decisión y el aire caliente se instala como si tuviera derecho de piso. Aquí el calor no deja que vayas sólo, es el fiel compañero que no te deja nunca, incluso por las noches. Ese mismo calor que te obliga a bajar el paso, a buscar sombra, a entender que el día se vive distinto.

En la esquina del hotel, justo en la parada de Taxis que pretendía tomar para Izamal, un señor con guayabera blanca y termo de café me dijo:

—El secreto es no pelearse con el calor… hágase su amigo.

Le hice caso. Lo intenté. Pero al parecer el calor y yo nunca seremos amigos. A final de cuentas Don Facundo como supe que se llamaba un poco más adelante se ofreción llevarme a Izamal ese día, pero de ese bello pueblo amarillo hablaremos en los próximos meses en este mismo Blog.



El centro y su ritmo

Caminar por el centro de Mérida es caminar por una ciudad que se sabe importante. No se que número de ciudad sea en el país, pero sin duda está dentro de las 10 primeras. La limpieza es un común denominador por todos lados, se ve que el gobierno tiene contentos a los empleados del servicio de limpia y mantienen la ciudad digna de campeonato. Los turistas por lo mismo tratamos de actuar en consecuencia y es raro ver a alguien tirando algo en el piso, al contrario, mientras caminaba por la plaza principal de Mérida ví como varias personas guardaban su basura en los bolsillos de sus pantalones en lugar de dejarla tirada por ahí, esto obviamente en caso de no encontrar un basurero cerca. El olor era delicioso, era la mezcla entre vainilla y mantequilla, pero todavía no lograba identificar que era, más adelante lo descubrí.


Ahí parada, sumamente erguida, La Catedral de San Ildefonso, sólida y serena, observa todo desde su sitio. No necesita adornos. Es punto de encuentro, referencia y pausa. Dentro de ella uno de los Cristos más hermosos de todo el país.



En la plaza, una señora vendía marquesitas (esto era lo que olía delicioso)

—¿Qué le ofrezco jóven? —preguntó.

—Deme una tradicional porfavor —respondí.


Sonrió y entendí que traía yo toda la cara de turista. Las marquesitas son una mezcla perfecta entre un barquillo de helado gigante y una crepa, pero con un contraste de sabores que parece una locura hasta que le das el primer mordisco. Yo las amé, Brenda mi esposa las amaba hasta que se hartó de comerlas tanto. Ojalá a mí no me pase eso.

Como breviario cultural les puedo decir que se dice que las inventó un heladero de Mérida llamado Don Leopoldo Mena en los años 30. En invierno, sus ventas de helado bajaban, así que decidió vender solo el barquillo. Pero como sentía que le faltaba algo, empezó a experimentar con rellenos y, al probar el queso de bola, supo que había encontrado el "hilo negro". Se llaman "marquesitas" porque las hijas de un marqués local eran fans número uno del invento

 

Paseo de Montejo


El Paseo de Montejo se camina mirando hacia arriba. Por las mañanas se puede sentir el olor a cantera húmeda producto del rocío que baña las paredes de las mansiones gigantescas que se alzan como guerreros a cada lado de la avenida, es un olor que te hace recordar que está caminando en medio de monumentos, porque cada edificio es uno, bello, viejo y solemne.

Las casonas cuentan historias de otra época: balcones amplios, fachadas elegantes, árboles que dan sombra generosa. Aquí Mérida presume sin exagerar. Muchos de esos árboles son Laureles que por las tardes sobre todo nos dejan un aroma que si ese olor fuera un color de inmediato lo asociaríamos con el verde, además se siente denso y vegetal.

Me senté en una banca de esas que caracterizan a Mérida, banca de concreto, color blanca, son una asiento de cada lado, les llaman confidentes. Un joven repartidor pasó en bicicleta y dijo:

—Se supone que tiene que venir con la Doña, señor.

No tuve más que sonreírle mientras se alejaba a toda velocidad.


El calor también se come

En Mérida, el cuerpo pide cosas frías y sabores intensos.

Cochinita pibil temprano, panuchos, salbutes. Agua de chaya para sobrevivir al mediodía.

En un mercado cercano al centro, un cocinero me sirvió el plato con los salbutes y comentó:

—Esto revive hasta al más cansado.

Tenía razón. Pero me faltaba probar lo más rico que probé en Mérida, el Relleno Negro. Me entregó un plato que sinceramente no se veía muy apetitoso que digamos, pero me lo habían recomendado mucho y no me podía ir sin probarlo. El Relleno Negro no tiene un olor sutil; es una presencia que llena la cocina y te avisa que algo importante se está cocinando. Ahí identifiqué que a eso era lo que olía todo el mercado en cuento entré. En cuanto le di el primer bocado, me prometí a mi mismo que lo primero que comería cada vez que la vida me trajera a Mérida iba a ser este delicioso platillo, Ave María Purísima! Que delicia.


Uxmal: la grandeza bien guardada


La escapada a Uxmal merece su propio espacio. Más adelante en los próximos meses por aquí platicaré de ella, pero necesitaba mencionarla aquí.

Está muy cerca de Mérida, y llegando ahí (Les recomiendo ir en domingo, la entrada para mexicanos es gratis) el camino se abre entre selva baja y silencio. Al llegar, la Pirámide del Adivino se levanta con una elegancia que impone respeto, y no le puede uno quitar los ojos de encima.

Uxmal se siente amplia, ordenada, poderosa. Aquí no hay prisa ni multitudes desbordadas. Hay espacio para mirar, para caminar, para entender.

Para mí, Uxmal es la ciudad maya más impresionante. Incluso más que Chichén Itzá. No por ser más famosa, sino por cómo se deja descubrir.

Un guía local, mientras señalaba los relieves, dijo:

—Aquí todo se pensó para durar.

Eso se siente. Se ve. Se vive.


Tardes largas, noches tranquilas

De regreso en Mérida, la tarde cae despacio.

Las sillas aparecen en las banquetas, las conversaciones salen a la calle y el calor empieza a ceder. La ciudad cambia de tono, pero no de ritmo.

En una cafetería, una mujer acomodaba mesas mientras tarareaba.

—Aquí el día nunca se acaba de golpe —me dijo. Se termina poco a poco – Concluyó.

Y así mientras me aventaba unos tacos de cochinita (a poco pensaron que no los iba a mencionar) Se terminó mi día y mi estancia en Mérida. Al día siguiente no me fui sin probar unos huevos motuleños, pero de eso platicaré más adelante.


Mérida se queda contigo

Mérida es hospitalidad, historia y constancia.

Es una ciudad que te enseña a bajar el ritmo, a escuchar y a adaptarte al clima, a la comida y a la conversación.

Este fue el Día 9.


 

 
 
 

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