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Mont Tremblant: El día en que un mexicano descubrió que la nieve también tiene personalidad

Hay lugares que uno imagina porque los vio en fotos… y luego está Mont Tremblant, que no se parece a ninguna foto jamás tomada. Y mira que yo, mexicano orgulloso que se emociona con cualquier cerro verde después de las lluvias, pensé que entendía lo que era “montaña bonita”. No. Tremblant juega en otra liga.

Llegué con esa mezcla de emoción y nerviosismo que uno siente cuando va a probar algo nuevo: nieve, frío serio y un pueblito alpino que parece sacado de una maqueta. Y como siempre, el clima recibió mis ilusiones con un “a ver si es cierto”.



Cómo llegar (o cómo descubrir que Canadá es enorme)

Para Mont Tremblant hay que tener paciencia, chocolates a la mano y buena playlist. Yo lo hice así:

  1. Vuelo CDMX → MontrealYa desde el avión te asomas por la ventanilla y ves un mar blanco interminable.

  2. Montreal → Mont TremblantSon unas dos horas en carretera. Rentar auto es lo más práctico, pero si el hielo te intimida (me pasó), también hay autobuses que te dejan directo en el resort.

En el camino el paisaje cambia poco a poco: de ciudad moderna a bosques tan simétricos que parecen pintados a mano. Y ahí, entre montañas, aparece el pintoresco pueblito de Tremblant.


La primera caminata: El día en que el frío me dijo “quítate que ahí te voy”

Lo voy a confesar: el frío también se siente. No solo te congela, te habla. El primer día salí emocionado a caminar hacia el Circuito del Lago Tremblant, y a los cinco minutos ya estaba renegando de mis guantes que “según yo” eran buenísimos.

Pero ahí viene lo mágico: los árboles cubiertos de nieve, el lago como un espejo inmenso y silencioso, y ese aire limpísimo que te obliga a respirar más despacio. Canadá tiene esa manera extraña de calmarte sin pedir permiso.

Ese día terminé en una banca viendo cómo los copos caían como si estuvieran coreografiados. Y sí, lo admito: saqué mi cafecito que traía en el termo y sentí que la vida estaba en su punto exacto.


Rutas imperdibles para quienes buscan moverse

  • Sendero de La RocheEs de mis favoritos. Subida moderada, vistas que te hacen decir “wow” en voz alta aunque vayas solo.

  • Sendero de La CornicheIdeal para sentirte protagonista de documental de naturaleza.

  • Parque Nacional Mont TremblantConocido por lagos, cascadas y esos bosques eternos donde cada sonido parece importante.

En invierno también puedes intentar raquetas de nieve, ski, snowboard o simplemente caminar por los senderos congelados como si estuvieras explorando Narnia versión canadiense.


Anécdota del telesilla: la vez que pensé que me quedaba atrapado arriba

En un arranque inocente me subí a un telesilla para disfrutar la vista. Todo iba perfecto… hasta que se detuvo. No pasó nada grave, fueron unos minutos, pero suficientes para que yo, desde mi nube de pánico mexicano, pensara: “¿Y si aquí quedo?”

Lo bueno es que Tremblant sabe hacer que hasta la espera sea bonita. Desde arriba ves el bosque extendiéndose como un tapete blanco infinito, las chimeneas del pueblo humeando y las pistas brillando bajo el sol. Casi me dio tristeza cuando volvió a arrancar.


Datos curiosos que contarás cuando regreses

  • Tremblant recibe visitantes desde 1939. Es uno de los centros de ski más antiguos de Norteamérica.

  • La temperatura puede bajar a -30°C. Lo leí… no quería creerlo… y luego un día lo viví.

  • No todos los lagos se congelan igual. Algunos se quiebran como vidrio, otros parecen piedra.

  • El pueblito fue diseñado al estilo europeo. Por eso te sientes en los Alpes, pero con poutine.


Tips para sobrevivir con estilo (y dignidad)

  1. Ropa térmica real. No la “que se ve calientita”. La buena.

  2. Crampones o zapatos con buen agarre. El hielo te respeta si lo respetas.

  3. Hidrátate, aunque no tengas sed. El frío engaña.

  4. Termo con bebida caliente. Te salva el alma.

  5. Descarga mapas offline. A veces la señal se va entre bosques.

  6. Tiempo extra para todo. Moverse en hielo jamás es rápido.

  7. No corras en las bajadas. Lo aprendí de la peor manera posible.

Lo que me dejó Mont Tremblant

Al final, Tremblant es ese lugar que te hace bajar el ritmo. Que te enseña que la nieve suena, que el silencio pesa bonito, y que caminar entre árboles congelados también es una forma de encontrarte contigo mismo.

Me regresé a México con la sensación de haber descubierto una versión mía que vibra con la naturaleza, que se ríe del frío y que se emociona con cada montaña nueva. Y eso, al final, es lo que uno busca cuando viaja: un pedacito de mundo que te cambia aunque sea tantito.

 
 
 

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