top of page
Buscar

Torres del Paine: Crónica de un mexicano que aprendió a escuchar al viento patagónico

Siempre he pensado que hay paisajes que no se ven: se sienten. Y las Torres del Paine, allá en el sur profundo de Chile, son uno de esos lugares donde la naturaleza no sólo te habla… te regaña, te abraza, te empuja y, de vez en cuando, te da un premio que te deja sin palabras.


A mí me pasó desde la primera mañana. Me bajé del autobús medio adormilado y lo primero que escuché fue el viento—ese famoso viento patagónico que todos te advierten. Lo subestimé. Error de principiante. En menos de dos minutos ya había perdido mi sombrero, me había despeinado, reacomodado la mochila y devuelto tres veces a recoger mi sombrero. “Bienvenido al sur”, me dijo un guía chileno con una sonrisa como de quien sabe perfectamente que uno viene a sufrir, pero a gusto.



Cómo llegar (y cómo sobrevivir en el intento)

Entrar al Parque Nacional Torres del Paine no es complicado, pero sí requiere logística. Yo lo hice así:


  1. Santiago → Punta ArenasVuelo directo. Fácil.

  2. Punta Arenas → Puerto NatalesTres horas en autobús, viendo cómo la civilización se va disolviendo en estepas infinitas.

  3. Puerto Natales → Entrada del ParqueAquí empieza lo bueno. Recomiendo tomar el primer bus de la mañana. Te da tiempo de registrarte, ajustar la mochila, respirar hondo… y pensar si realmente estás listo.


Si vas por libre, hay dos rutas principales que suelen dominar las conversaciones entre viajeros:

  • La W – La más famosa, la que todos presumen en Instagram.

  • La O – Para los que quieren sufrir tantito más y rodear todo el macizo.

Yo hice la W porque quería tiempo para explorar y no sólo caminar por deporte. Y aun así, ¡qué caminatas!
Yo hice la W porque quería tiempo para explorar y no sólo caminar por deporte. Y aun así, ¡qué caminatas!

La subida a las Torres: La historia del momento en que pensé que ya no podía… y sí pude

La ruta hacia el mirador Base Torres es la típica de “si sobrevivo a esto, celebro con una cerveza”. Son unas 7-8 horas de ida y vuelta, dependiendo de tu ritmo y de cuánto te detengas a reneg… digo, admirar.

Recuerdo perfecto el último tramo: un caos hermoso de piedras gigantes, viento en la cara y esa sensación de que ya falta poco, pero tu cuerpo no está de acuerdo. Cuando por fin llegué al mirador y vi las Torres levantarse como guardianas de otro mundo, fue como si el paisaje te diera una palmada en la espalda. Más que una vista, es un logro personal.

Ahí me senté un rato, tomé agua, saqué una barrita que sabía a gloria y pensé: “Sí valió la pena”. Y luego pensé: “Ojalá alguien me hubiera dicho que el descenso también cansa”.


Datos curiosos que contarás cuando regreses

  • El viento puede llegar a los 120 km/h. No, no es exageración. Vi mochilas salir de un campamento como si tuvieran vida propia.

  • Los guanacos son los verdaderos dueños del parque. Te observan como si te estuvieran evaluando moralmente.

  • El agua de los ríos es potable. La primera vez que metí la botella en un arroyo me sentí explorador del siglo XIX.

  • Las nubes cambian el paisaje en minutos. Puedes tener sol, granizo, viento y arcoíris… en una misma hora.


Tips que me hubiera gustado saber antes

  1. Lleva bastones. En serio. Aunque creas que eres joven, fuerte y latinoamericano resistente, los bastones son tus amigos.

  2. Capa impermeable buena. No “medio buena”. Buena.

  3. Calzado probado, no nuevo. Las Torres del Paine no son el lugar para estrenar tenis.

  4. Reserva campamentos y refugios con meses de anticipación. Especialmente si vas en temporada alta.

  5. Empaca ligero. La Patagonia te da lecciones de humildad. Cada kilo extra se siente como un recordatorio.

  6. Come bien. No subestimes el hambre de caminata. Yo terminé deseándole suerte a un chocolate que pensé guardar para el final… lo devoré en el kilómetro 3.

  7. No te obsesiones con “la foto perfecta”. A veces el viento no deja, la luz no ayuda o simplemente estás demasiado cansado para posar. Y está bien. El recuerdo vale más.


La magia final

Si algo aprendí de Torres del Paine es que no es un destino… es un carácter. No sólo lo visitas: te enfrenta, te prueba y luego te recompensa con un silencio que no se parece a ningún otro.

Volví a México con los pies cansados, la memoria llena y el corazón un poquito distinto. Porque hay viajes que te cambian por dentro, aunque sea tantito, y éste es uno de ellos.


 
 
 

Comentarios


bottom of page